
No era la más guapa de la ciudad, pero con solo entrar a ese, el único lugar donde los hombres podían ir a beberse el día y las penas, ella era la estrella, envuelta en lentejuelas, llamaba la atención desde que sus zapatos desgastados tocaba el parquet del local, los comensales no podían no notar su presencia, se convertía en humo de cigarro caminando como si el espacio le perteneciera. Ella, la única mujer del pueblo que tenia las agallas de entrar a ese local, llegaba todos los día con la misma ropa, pedía el mismo trago, se sentaba en la misma mesa y terminaba siempre en el mismo lugar, en la cama de algún afuerino que venía en busca de diversión o de algún viajante que solo andaba de paso, pero jamás sola. No importaba cuantas veces le dijera que ella no pertenecía a ese lugar, ella insistía en decir, que ese es era el único lugar del mundo en donde se sentía amada, deseada y hasta respetada.
Nadie la escuchaba, solo la miraban, se paseaba como una serpiente, sigilosa entre las mesas, rosando piernas, regalando susurros, envenenando parroquianos. Todas querían ser ella porque todos la deseaban a ella, ninguno sospechaba siquiera que entre todos los presentes, el más ausente era su objeto de deseo, ese que lavaba vasos por placer, atendía borrachos por opción y que jamás la miro, ni una palabra le regalo.
Un día su veneno se le acabo, ya no se vieron más sus lentejuelas en el local, los parroquianos no la extrañaron ¿Por qué he de hacerlo, si habían tragos, cartas y cigarros? Solo él lo noto, no lavo ningún vaso más con su marca de rouge, nunca más tuvo que escuchar una y otra vez la misma historia de un amor perdido y de una Penélope con complejo de meretriz, nunca más la volvió a ver. Su historia fue una de tantas que sub existen en este lugar, una de tantas más que son misterios sin explicar. A veces llegan y a veces se van.
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